Seguí explorando el hotel hasta llegar al salón de los ataúdes, habían tantos ataúdes como sábanas violeta. Intriugado abrí uno y me vi acostado con la trucha en el pecho

Ojos de diablo gris / Andrés Galeano

Aquel domingo me encontraba en la plaza de mercado con una trucha en la mano. Hacía calor y mi tarea estaba a medias, solo me quedaba encontrar un aguacate para el día y listo, de nuevo en casa. Me urgía volver a casa; mis  tíos estaban de visita y quería pasar un rato con mi prima, la rubia. Desde chico me han gustado las  rubias, han sido mi pecado y obsesión. Hay días en que culpo a las barbies de mi hermana por ello. Hay noches en que culpo al cuadro de la Monroe colgado en las  paredes del cuarto de mi infancia. En fin. Se hacía tarde y nada que encontraba el aguacate.

Recorrí  la  plaza   en   su   búsqueda.   Hurgué   canastos,   bultos   y   nada, o muy blanditos o muy biches. Nadie entendía mi urgencia. Mi madre era  lapidaria con los recados y no quería devolverme con aguacate en mano exigiendo la devolución del dinero. Seguí buscando el aguacate perfecto, pero al cabo de un rato me entró el desespero y decidí abortar la misión y volver a casa  solo con la trucha. Me urgía ver a mi prima, me apuraba tocarle su cabello de fuego lacio y enseñarle mi álbum completito del mundial Sudáfrica 2010. Pero entonces apareció la chica de ojos grises y todo se fue al carajo.

Era una veinteañera de ojos grises, con un cabello negro hasta la cintura y unos senos tan firmes como el mal. Su boca roja en forma de manzana era más un incendio y sus piernas tonificadas, dos golpecitos de la buena suerte. Todos quedamos boquiabiertos con  semejante Pocahontas. Todos, incluyéndome.

         – Hola – dijo – , ¿podrías ayudarme con una dirección?

-Claro  – dije sonriendo y enseguida la joven sacó un papelito del sostén  y me

lo  puso en la mitad de los ojos. La letra a pulso era tan pequeña que tuve que acercarme un poco más para leer y fue aquí cuando aparecí en la habitación 506, con la trucha en la mano, menos mal.

                    Me froté los ojos para despertar, pero seguí despierto. Revisé la habitación de aquel extraño hotel y corrí al teléfono puesto sobre la mesa de noche. Marqué cero.

 -Buenos días  – dijo el recepcionista.

 – Buenos días – dije.

 –  ¿Se le ofrece algo, joven?

 –  ¿Podría decirme dónde estoy?

 – ¿Se refiere a hoy?

– Cómo, ¿hoy?, claro que hablo de hoy.

 – Lo digo por ayer.

              – Cómo, ¿ayer?

 – Ayer a esta  misma  hora  me  llamó  preguntándome  por  hoy,  y bueno,  ya es hoy.

Callé, intentando procesar.

– ¿Cuál es su nombre? – pregunté al tipo.

– Me llamo Ángela.

-¡Cómo Ángela! ¡Usted es un hombre!

– Hoy me llamo Ángela, como mi abuela.

–  ¿Usted me está tomando del pelo?

– Eso jamás, joven Alex; soy un profesional. ¿Baja a desayunar o le llevamos  el desayuno al cuarto?

–  ¿Cómo sabe mi nombre?

-¿Qué cómo lo sé?

– ¿Cómo se llama este hotel?

– ¿Qué hotel?

–  ¿En qué ciudad estamos?

– ¿Ciudad?

Estrellé el teléfono contra la pared, salí del cuarto y llegué a un corredor lleno de sábanas violeta.

Una anciana vestida de luto salió de una de las puertas con una niña tomada de la mano. La niña llevaba un vestido blanco con encajes y cuello en zig zag.

  • Adiós – me dijo la niña.

– ¿A dónde vas tan elegante? – le pregunté.

  • Al pozo, me tiene que lanzar al pozo.

            Pasmado miré a la anciana, ésta sonrió y giró a la izquierda con la niña. Seguí explorando el hotel hasta llegar al salón de los ataúdes, habían tantos ataúdes como sábanas  violeta.  Intrigado abrí uno y me vi acostado con la trucha en el pecho. Salí del ataúd y bajé a recepción; al llegar vi a la chica de ojos grises  acurrucada en el centro orinando cristales grises. Avergonzado me di vuelta y esperé a que acabara, cuando no escuché más su chorro fino estallando sobre el mármol, volví a girarme y fue aquí cuando vi a mi madre gritándome. “¡Qué pasa que no has traído la trucha y el aguacate!”

                   Grité “BASTA” y este  grito  me  envió  de  vuelta  a  la  plaza  de mercado, al mismo lugar y a la misma acción. Esta vez pude leer sin problema el contenido del papel. “Hotel LaVey. Habitación 506”

– ¿Vienes conmigo? – me preguntó la chica de ojos grises.

– No lo creo – dije dando un paso atrás.

– Claro que vendrás – dijo sonriendo y enseguida me besó y este beso nos llevó de vuelta en la habitación 506. Yo seguía con la maldita trucha en la mano y con el susto de la vida. La chica entera se retorcía en la cama, chillaba del dolor que le causaba la anexión de sus cuernos de macho cabrío sobre sus cienes. Horrorizado corrí a la puerta y salí, pero al salir volví a la misma habitación. Volví a salir y volví a aparecer en el mismo punto frente a la puerta. Derrotado por ese agujero negro volví al dormitorio; esta vez la chica de ojos grises estaba sentada en el borde de la cama, mirando absorta la ventana que daba a un guayacán amarillo deshojándose. En su frente no había heridas, tampoco rastro de cuernos sobre sus cienes.

 – Eres… ¿el Diablo? – pregunté.

               –  En el cielo tenía un amigo, Aarón se llamaba, era un buen ángel, pero como todos pidió mi expulsión.

– ¿El infiero es un hotel?

 – ¿Infierno?

  • ¿Estoy muerto?
  • Algún día lo estarás. Esta podría ser tu habitación.
  • Sino estoy muerto, ¿qué hago aquí?, ¿por qué me trajiste?
  • El pescado.
  • ¿El pescado? – dije mirando la trucha en mi
  • Me pareció gracioso.
  • ¿Por qué en forma de chica?
  • Soy más chica.
  • No quiero morirme, aún no.
  • Ya quisiera yo poder morirme.
  • Necesito volver a casa.
  • Estás en casa.
  • Alex. ¡Despierta!

Reaccioné. Mi madre me hablaba. Me sacudía como un bulto de aserrín.  Mis tíos reían de mi despiste, se atoraban de la risa frente a sus platos llenos de comida. Busqué a mi prima la rubia, la vi sentada junto a la  tía Leonor, revisaba abstraída su teléfono celular, riendo enamorada. No me importó. Seguía vivo y podía ver su cabello rubio cayendo indecente sobre el mantel. Seguía vivo y había sobrevivido a Lucifer. Empecé a comer despacito, degustando cada bocado, riendo y compartiendo en familia.

  • Aunque fracasaste con el aguacate, te luciste con esta trucha,

¿Te costó conseguirla?

  • Solo un poco, mamá, solo un poco.

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