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La Astilla en el Ojo

Alegorías de infancia

Cuando se ha perdido la fe en todo, aparece la angustia. Después de haber mendigado casi 5 años por las calles más densas de Bogotá, Lisbeth ya no tenía escrúpulos de ninguna índole, se dedicaba a vender su cuerpo a cambio de cualquier pan o moneda y satisfacía a su clientela sin el más mínimo reproche. Afortunadamente para ella, algunos la recordaban como buena prostituta, ya que en su juventud contaba con buenos proxenetas que le hacían tener siempre excelentes ganancias y cobraban poca comisión. Así se ganaba la vida diariamente, sin molestar a nadie y tampoco alegrándosela a cualquiera. A pesar de todo llevaba una vida casual, ahora no ganaba lo mismo que en los tiempos pasados pero su vida transcurría sin mayores inconvenientes, pero no siempre había sido así.

Infortunadamente en años anteriores, su vagina había tenido la carga de tres abortos provocados por maltratos físicos por parte de sus ex compañeros y en algunos casos por sus excesos de placer y licor y como a la mayoría de las personas, el exceso de alcohol, la llevó a padecer  dos violaciones seguidas,  ganadas en bacanales y excesos de drogas.

Llevaba en su piel, el ser una madre frustrada y como era de esperarse en una sociedad machista, su pasado la condenaba como escoria, gracias a los actos pecaminosos cometidos contra su propio ser.

Pero lo único que lamentaba era el no haber  evitado la muerte de sus propios hijos.

En su cuerpo cargaba una gran cicatriz, dibujada en su abdomen, herida que le recordaba a Damian, el hijo que había visto nacer y crecer, pero que perdió por culpa de las deudas adquiridas en sus épocas de juerga y rebeldía.

“Toda deuda se paga” fueron las palabras que escuchó de sus cobradores. Y así fue, en efecto ellos contrataron a los delincuentes más temidos de la ciudad para raptar a Damián  y venderlo como esclavo para los altos mandos de los paramilitares. Lisbeth rezaba todos los días por su bienestar, pero infortunadamente este pequeño falleció en una emboscada realizada por parte de la policía a los paramilitares cuando estos recibían armas de corto alcance.

Días tristes recordaba. Ahora a sus 46 años, su feminidad era igual a la basura, nada le pertenecía más que los recuerdos de algo bello y sucio. Lamentablemente la juventud no dura, recapacitaba. ¿Esposo? ¿Novio? ¿Amante?  Sencillamente no tenía nada de eso. Así era su vida, una nada. En ese instante recorría la calle  principal en busca de la basura que arrojaban los maleantes del vecindario, ya que solía encontrar alguna que otra hermosa prenda de vestir, por lo general de la víctima de un robo, una violación o en el peor de los casos de un asesinato. Pero ese día en lugar de eso, encontró una muñeca de porcelana posiblemente búlgara sin más daño que un roto en su vestido.

Ésta le hizo recordar su infancia y  ese paso tormentoso que la obligó a ser mujer tan rápidamente. Recordaba la historia de su primer sangrado. Fue casi inexplicable por qué su vestido de primera comunión se había manchado de rojo, frente a su padre. Lisbeth hermoso ángel, inexperto en las cuestiones del deseo, probó las torturas producidas por el incesto, un pene inflamado ardía en su interior, mientras gritaba de dolor. Al igual que  a la muñeca que tenía en sus brazos, le habían causado un roto a su vestido y a su alma.

Lisbeth lloraba  desesperadamente y perdía su mirada en la basura, mientras hallaba una alegoría entre la muñeca y ella.

Así que decidió no recordar más, sino hacer lo que le correspondía por una vez en su vida. Ese día se dirigió rápidamente al armario de su hijo Damian y se proveyó de armas blancas que poco a poco fue coleccionando tras muchas colectas de basura y no contenta con ello, se puso a la tarea de recolectar instrumentos quirúrgicos y peligrosos biológicamente en el hospital más cercano que halló. Posteriormente Lisbeth se acicaló  con un bello traje  de terciopelo carmín, tacones negros y trenzó su melena con inmensa pasión. Siendo las 8 de la noche, optó por ir a la que fue su casa de infante. Como esperaba encontró a su padre sujeto a la bala de oxígeno, mirando porno  en el televisor que compró hace más de 26 años y con el que siempre se había entretenido para hacerse la paja. Lisbeth se quedó contemplando aquella imagen decadente mientras sacaba una pequeña navaja de color ocre que tenía la peculiaridad de cortar con dificultad y profundidad cualquier cosa. ¡Buenas noches padre! me alegra verte…  Estás preciosa, comentó aquel gordo. Te he traído una muñeca como obsequio. El padre quedó anonadado y trató de levantarse para comprender lo que sucedía, pero su hija  fue más hábil. Bajó sus pantalones rápidamente y se burló del maltrecho pene que años atrás había sido la causa de su mayor desgracia. En primera instancia agregó a ese despreciable miembro caramelo caliente, que provocó unas quemaduras notables, seguido de  un dolor constante. ¡No morirás tan rápido! Con extrema agilidad logró arrancar la piel de su pene mientras este sujeto trataba de defenderse de su ataque.

Lisbeth disfrutaba de su triunfo, cada grito dibujaba en su rostro una sonrisa tan bella, que nadie hubiera dudado de la felicidad de esa mujer. Pero como a todo ser humano que aún posee corazón, el dolor le apareció nuevamente y antes de que pudiera arrepentirse del todo, le quitó a su padre la vida.

Al observar la casa de su niñez un gran vacío entró en su cuerpo y por una vez en su vida deseó la paz que solo le brindaría la muerte…

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